San Cristóbal de las Lluvias
San Cristóbal de las Casas es para llegar y no salir. No es un parque de atracciones artificial como Cartagena de Índias, no es tan monumental y amplio como Antigua, pero allí se respira una autenticidad que no se consigue con ningún plan turístico. Las calles de la zona colonial no son calles para que los guiris paseen, hagan fotos y se dejen la pasta. Los guiris pasean, hacen fotos y se dejan la pasta, claro que lo hacen, pero los lugareños no son simplemente vendedores de souvenirs, viven, usan, disfrutan la belleza de su ciudad. Y los indígenas no se disfrazan de indígenas por una propina, se disfrazan de indígenas porque es como se visten ellos, lo mismo que en Europa muchos se disfrazan para ir a la oficina, para ir a una boda o para intentar copular.
Y eso de llegar para no salir no es broma. Hay allí gran cantidad de europeos afincados, ponen su pequeño negocio y se olvidan de la prisa. Nosotros mismos, antes de darnos cuenta, habíamos pasado no sé cuántos días en San Cristóbal sin más ocupación que dormir, pasear, comer y beber. Ni siquiera la pertinaz lluvia, que no paró de azotarnos ni un sólo día, estropeó nuestro experimento de vivir por vivir, de dejarnos llevar.
Pero un día nos entraron los remordimientos, joder, si eres un turista algo tendrás que ir a visitar, así que fuimos de paseo al Cañón del Sumidero. Un río marrón desfila entre paredes altísimas, de más de mil metros, dice el exagerado guía mientras se disculpa por la basura que flota en las aguas. Bonito lugar, espectaculares panoramas. Pero nosotros ya no estamos para eso.
Nosotros estamos para nuestros paseos con chubasquero por las calles del centro, para los cafés, cafés, para las comidas en el mercado, para las siestas en el hostal, para las cervezas en El Tequilazo, donde se piden de dos en dos y de cena te ponen palomitas. Nosotros estamos para vivir en San Cristóbal y no tener prisa nunca más.







































