Trilogía del picante. Uno.
Oaxaca de pronuncia “Uajaca”. Tócate los cojones. Cuando al final sabes cómo decirlo es mucho más fácil encontrar el autobús que te lleve allí.
Siguiendo con nuestra ruta de mercados exploramos los de Oaxaca en busca de los mejores tacos, pero no encontramos ningunos que igualaran a los de San Cristóbal de la Casas. En cambio, hicimos un hallazgo que nos llenó de gozo. El callejón de las carnitas, también en el mercado. Como su propio nombre indica es un callejón. Está lleno de carnicerías y de parrillas, así que tu eliges la carne y te la hacen allí mismo mientras esperas sentado en la zona de picnic.
Amenizan la espera señores que cantan canciones y señoras que venden chapulines. Los chapulines son unos grillos a la parrilla que se venden por puñados. Pasan las señoras con los cestos y te los dan a probar. Al principio no parecen grillos porque son de color rojo, pero si observas detenidamente puedes distinguir las patas, las antenas, las cabezas. Un aperitivo perfecto mientras aguardas el plato fuerte.
La carne no es que sea nada del otro mundo, pero puedes acompañarla de vegetales, queso y, la estrella, chiles de agua. Soy hombre de picantes. Me gusta sufrir, que me sude el bigote, que me arda la boca, así que me enfrenté sin temor, incluso con soberbia, con el susodicho chile. Lo trinqué por el rabito y le metí un mordisco de los que llenan la boca. De valientes esta el cementerio lleno y yo casi voy a para allí de cabeza. No fue sólo que la lengua empezara a escocer como si estuviera lamiendo papel de lija, es que cuando exhalaba por la nariz se chamuscaban los pelillos y humeaba como un dragón diesel, es que cuando daba salida a mis flatulencias, soy hombre flatulento y éstas son constantes, notaba que me bajaba un fogonazo por el recto que desintegraba la ropa interior.
Mamá Croqueta también probó los chiles de agua. Los cató una miaja y estuvo insultándome durante tres horas y cuarto, que me has arruinado la comida, que esto es peor que un parto, que cuando duermas te voy a grapar los huevos al culo. Una señora a nuestro lado también los comía. Los comía como si fueran garrapiñadas mientras nos miraba de reojo con una media sonrisa a lo Clint Eastwood.
Horas después, por la noche, fuimos a beber mezcal. Una cata en una mezcalería clandestina que encontramos por ahí. El mesonero nos servía mezcales, uno detrás de otro, explayándose en las características específicas de cada uno, que si éste es muy aromático, que si éste es frutal, que si éste es de los fuertes. Yo asentía entusiasmado mientras por dentro replicaba que todos eran la misma puta lejía y, desconectado ya de la perorata, pensaba en las dimensiones del boquete que el chile de agua habría provocado en mis calzones. En el hotel confirmé que de los gayumbos ya sólo quedaba la goma.
Volvimos al día siguiente al callejón de las carnitas. No me iba a dejar vencer tan fácilmente. Iba dispuesto a plantarle cara de nuevo al pinche chile de agua. Esta vez no llevaba ropa interior, a estas alturas del viaje no ando sobrado, y, mientras me llevaba a la boca a aquel maldito cabrón, rezaba por que los tejanos, por el amor de dios, aguantaran los efectos secundarios.







































