Trilogía del picante. Tres.

Un misterio. La causa de la descomposición que casi se me lleva por delante seguía siendo un misterio. Por supuesto, ya había tenido varias durante el viaje, pero nunca de ese calibre. Puede que fuera el cambio de aguas, culpable automático de cualquier dolor de tripas, o la comida del mercado, o tanto picante, o el padre de todos los picantes. Supongo que nunca se sabrá la verdad, y para recordármelo me quedaban unas siniestras secuelas.
Un misterio. Había estado como cuatro días entre la cama y el baño, entre la playa y el hotel, sin moverme más de lo imprescindible, y sin embargo estaba sufriendo una agujetas en los gemelos que me impedían caminar dignamente. Me movía por Puerto Escondido con la dificultad del viejo que baja las escaleras de lado, y todo sin saber por qué. Y allí, recorriendo las playas del brazo de Mamá Croqueta, viendo a los surferos, deseando agenciarme una tabla y rememorar tiempos pasados, me tenía que conformar con mirar y comer, pescado, camarones, ostras, mirar y comer y soñar con algún día, si algún milagro de la medicina lo permitía, volver a surcar las olas.
Un misterio que se me desveló a medio ceviche. De pronto me iluminé y reviví mi imagen de horas y horas acuclillado frente a la taza del baño, arrojando con el culo apretado, horas y horas con los gemelos en tensión, macerando calladamente las tremendas agujetas que estaban por venir y que ya habían llegado. Aliviado al saber que me recuperaría le expliqué mi teoría a Mamá Croqueta que me dedico tres miradas, una de tu eres tonto, otra de ya te gustaría y una última de a mi no me vengas con cuentos. Y entonces lo soltó. Lo que te pasa es que estás acojonado, que no quieres admitir que en realidad no quieres hacer surf, que eres malo de cojones, que no es lo tuyo, que no quieres abrirte la cabeza con una roca. Que eres demasiado machito para reconocerlo conscientemente y tu cerebro se inventa unas agujetas absurdas para allanarte el camino. Además, ¿de qué coño te sirve el surf ahora que ya eres rubio?
Al día siguiente tomamos el autobús para dejar Puerto Escondido. Mi piernas estaban en perfecto estado. Miré a Mamá Croqueta a los ojos y le dije: A decir verdades te vas a tu puta casa.






































