La ciudad sin ley

Lo primero que se ve al salir del metro es una enorme bandera mexicana, monstruosa, recortada contra el cielo azul. Sólo eso, bandera y cielo. Para un servidor, al que el tema de las banderolas le acojona sobremanera, es escalofriante. Siempre que se ondean los siniestros trapitos de colores me echo a temblar y empiezo a temer que algún fanático hijo de puta me lleve a la ruina. Siempre por una causa noble. Siempre guiado por las razones de los trapitos de colores.
Lo segundo que te encuentras es a un montón de gente disfrazada de monstruos, asesinos, asesinados y psicópatas, que deambulan por las calles como si el raro fueras tu. Se ve que se celebra el día de los muertos pero, ¿hace falta ir no sé cuántos días disfrazado para celebrar el día de los muertos? Que es el día, ¡que es sólo uno! Y lo de llevar a los niños vestidos de maníacos con una sierra eléctrica en las manitas, no sé yo.
Lo tercero que piensas es en las advertencias de tu madre. ¿Qué coño se te ha perdido a ti en México D.F.? Te van a robar, te van a violar, te van a secuestrar y me van a enviar tu dedo meñique por correo postal.
Así, entre banderolas, muertos vivientes y consejos de la mama, te ves en medio de la ciudad cuanto menos inquieto. Lo mejor en esos casos es vaciar la cabeza y hacer vida normal, como si no pasara nada, pasear por la ciudad, por el centro histórico, por los jardines, ir al cine, a un concierto, beber jugo de alfalfa, comer tortas. Y la verdad es que se disfruta. Una vez consigues borrar de la mente los malos agüeros, el DF es mucho DF.
Claro que eso lo digo porque, suertudo que es uno, ni me robaron, ni me violaron, ni me secuestraron, ni le enviaron a mi madre mi meñique por correo postal. O a lo mejor no fue suerte y es que a veces las madres…






































