Manos arriba

Llega un momento en que la épica se acaba y las heroicas promesas del pasado mueren por el camino, unas veces por desidia, otras por obligación y la mayoría de veces porque sí. Por supuesto, no iba a ser diferente con nuestro propósito de viajar a ras de suelo. Y es que después de tanto tiempo haciendo lo que te place sin más disciplina que la que te impone la plata, empieza a darte todo un poco igual, si no miren lo que les ha pasado a las actualizaciones de este blog, y acabas por tirarte a lo más fácil o a lo que más te apetece en ese momento. De un plumazo, tras casi dos años de resistir contra tentaciones más que razonables, acabamos con nuestro juramento y nos embarcamos en un avión. Y después de uno otro, y después otro más, y otro, y así hasta siete.
Padeciendo en nuestras carnes los paranoicos controles a los que te someten en los aeropuertos, rememoramos vivamente el porqué en su día lanzamos semejante brindis al sol. Y es que la cosa está peor de lo que recordábamos. De dejar los objetos metálicos en una bandeja de plástico antes de pasar el detector hemos pasado a dejar también los zapatos, el cinturón, el ordenador en otra bandejita dedicada y las botellas en la basura. Si estás en mi situación y te encuentras descalzo, sin cinturón y con unos pantalones que compraste cuando pesabas diez quilos más, comprenderás que de esa guisa la forma de caminar de uno puede no resultar del todo digna. Encima, que el detector de metales ya no es detector de metales, que es una pedazo de pantalla que te hace una foto en la que se aprecia lo más íntimo de tu píloro. Y lo peor es que llegas allí, sujetándote como puedes los pantalones tres tallas más grandes y mirando alrededor para ver ante qué aforo estás haciendo semejante ridículo y el policía fotógrafo va y te ordena, las manos arriba.
Dignidades aparte, también es curioso cómo cambian los cánones de caretos sospechosos de un país a otro. Así como en Estados Unidos campaba a mis anchas por los aeropuertos, en México era considerado un fulano poco de fiar y mi equipaje, mi documentación y yo mismo éramos sometidos, cada vez que había ocasión, a exámenes minuciosos por parte de cualquier autoridad cercana. Nunca me encontraron encima nada comprometedor, cuando hay que esconder algo soy capaz de esconderlo pero que muy bien, pero tampoco es muy agradable que te estén palpando cada quince minutos por muy macizo que esté uno.
Ante este panorama y concluyendo que cualquier tiempo pasado fue mejor, a dios hemos puesto por testigo y hemos jurado que nunca volveremos a coger un avión, por lo menos hasta que cojamos un avión.






































