Coplas de desamor

Hay veces que llegas a una ciudad e instantáneamente la odias. Una vez odiada, algo inusual debe pasar para desodiarla. No es tan fácil.
Quizás fue porque llegamos vía aérea y los aeropuertos de destino son siempre tan inhóspitos. Quizás fue porque el tipo que conducía el bus a la ciudad nos dijo que nos dejaba en el centro y nos dejó a tomar por culo del centro. Por un puñado de dólares, ¡pendejo! Quizás fue porque nos tocó caminar por aceras estrechísimas repletas de chiringuitos, luchando contra los viandantes y contra unas mochilas que somos demasiado viejos para cargar. Fuera lo que fuera, odiamos Mérida desde el mismo instante en que pusimos allí el pie.
Pero como somos generosos y, sobretodo, no nos gusta viajar rápido, decidimos darle un día para convencernos de que su calorcito también abriga. Entre obras y bicis, recorrimos las calles de la ciudad con los pies de los que ya han andado demasiado. Mirando sin ver o, a lo mejor viendo, pero viendo sin admirar.
Arrastrando las suelas de nuestras zapatillas para tirar, íbamos pasando las horas hasta que al ruido rítmico de nuestras vagas pisadas se fue uniendo la suave melodía de un antiguo bolero. Nuestros pies siguieron aquel sonido como ratas del mismo Hamelin hasta que llegaron a una plaza donde unos cuantos viejos, al son de una orquestilla, bailaban chic to chic, con los ojos cerrados y susurrando al oído contrario aparatosas coplas de desamor.
Sentados en un banco del parque, contemplando la danza de aquellos viejos que un día se amaron y ahora amaban vivir un día más, decidimos que no era justo odiar a Mérida, que no podía estar tan equivocado el México lindo y querido, si muero lejos de ti, que dentro de muchos años, cuando el hartazgo, la rutina y las jovencitas de pechos turgentes nos hayan separado, cuando no quede un centímetro sin arruga en la piel, volveremos a Mérida y bailaremos al calor de Jorge Negrete, chic to chic, coplas de desamor.






































