El triángulo del haragán
Ya hemos contado que, desde la partida de Utila, nuestros hábitos viajeros habían sufrido un importante descalabro, que lo de andar con mochila, visitar lugares turísticos y movernos en transportes públicos se nos hacía una cordillera, pero jamás había llegado al extremo vegetativo que alcanzó en la costa caribeña de México. De vergüenza ajena.
Sólo una vez, y porque lo traíamos pensado de casa, se nos ocurrió castigar al cuerpo con más actividad que la puramente fisiológica, y creo que fue porque esa actividad era subacuática, buceo en los cenotes, que ahora que lo pienso a lo mejor eso es lo que nos pasa, que de estar tanto en remojo nuestra naturaleza seca se ha tornado en húmeda y todo lo rodeado de aire nos deja como fríos. Seco o húmedo, la realidad es que los cenotes nos parecieron tan impresionantes que la certeza de no encontrar nada mejor en las costas mexicanas nos acabó de hundir en el sopor.
Un triángulo haragán.
Tulum. Primer vértice. Dormir, comer, ir a la playa en taxi, ver un combate de boxeo, ver series americanas, ducharnos a veces. Ir a ver las ruinas mayas de la playa ni se plantea. Demasiado lejos para un taxi.
Playa del Carmen. Segundo vértice. Llegar y largarse. Infierno turístico donde ni vegetar se puede.
Holbox. Tercer vértice. Bonita isla que de tan isla hasta las calles son de arena. Dormir, comer, ir a la playa, ver series americanas, ver al grupo Niche en la plaza del pueblo, ver películas en el cine del hostal, ducharnos a veces.
Y eso fueron dos semanas, o tres, o qué sé yo. A veces nos mirábamos y uno de los dos preguntaba, ¿no te entran remordimientos de no hacer nada? Se hacía un silencio sepulcral hasta que lo rompían unas histéricas carcajadas que resonaban entre los cocoteros. Qué a gusto nos reíamos, ¡eh! ¡Qué a gusto nos reíamos!






































