Enero 17, 2012

México croqueta

Cervecita en Puerto Escondido

Lo más difícil en México es no entablar conversación con un mexicano. A la más mínima, con que los mires por el rabillo del ojo, con que pases a menos de medio metro suyo, se lanzan al ataque todos con la misma pregunta, ¿de dónde eres? Después de sorprenderse de que no sea alemán ya está abierta la veda para explicar vida y milagros, recomendar lugares interesantes y confesar un sinfín de opiniones, hasta las más inconfesables. Sin poderte resistir debes admitir que, junto con los colombianos, los mexicanos son los más hospitalarios con los que nos hemos tropezado en este viaje. Es curioso, los dos países designados como más peligrosos por nuestras mamás han resultado ser los que mejor tratan a las croquetas.

Viniendo de Centroamérica se te abre el horizonte al llegar allí, no solo por lo acogedor de la gente, que también, sino por la comida y la cerveza, y es que llegas del desierto.

La comida mexicana tiene amantes y detractores. Yo soy un amante. Mamá Croqueta es detractora. Sea como sea, no se puede negar que es mucho más rica y variada que cualquier cosa que puedas encontrar de Perú para arriba, y nosotros llevábamos más de un año y medio de Perú para arriba. Claro que tiene sus peligros. Y es que si quieres ser más mexicano que los mexicanos y en realidad eres un triste gringo, puede ser que el picante te lleve a la ruina. Cuidadín.

Cervezas. Claras, oscuras, suaves, fuertes. Mil tipos diferentes cuando estás acostumbrado a pocas y malas hacen que te encuentres mejor que en el paraíso de los los mártires musulmanes, donde les esperan setenta y dos vírgenes por cápita, que uno no sabe que hacer con una imagínate con setenta y dos. Nuestra favorita, hablamos de cervezas, no de vírgenes, es la Bohemia oscura, que puede que no sea la tuya, pero no te preocupes, encontrarás una que se te adapte por muy fino que tengas el hocico.

Sobre lo que allí se ve, pues no sé. Ya nos es difícil decidir si una cosa es buena, mala o regular, hemos visto demasiadas en demasiado poco tiempo y estamos obnubilados por la sobrecarga de imágenes. Así que si eso preguntas a algún amigo, todo el mundo conoce a alguien que ha ido a México; seguro que su opinión será más cabal que la nuestra.

A nosotros, como resumen, sólo nos queda gritar lo más descriptivo que se nos ocurre. ¡Viva México, cabrones!

VN:F [1.6.4_902]
Rating: 7.4/10 (7 votes cast)
Comparte:                 
1 Comentario »

Diciembre 30, 2011

El triángulo del haragán

Cenote Calavera Ya hemos contado que, desde la partida de Utila, nuestros hábitos viajeros habían sufrido un importante descalabro, que lo de andar con mochila, visitar lugares turísticos y movernos en transportes públicos se nos hacía una cordillera, pero jamás había llegado al extremo vegetativo que alcanzó en la costa caribeña de México. De vergüenza ajena.

Sólo una vez, y porque lo traíamos pensado de casa, se nos ocurrió castigar al cuerpo con más actividad que la puramente fisiológica, y creo que fue porque esa actividad era subacuática, buceo en los cenotes, que ahora que lo pienso a lo mejor eso es lo que nos pasa, que de estar tanto en remojo nuestra naturaleza seca se ha tornado en húmeda y todo lo rodeado de aire nos deja como fríos. Seco o húmedo, la realidad es que los cenotes nos parecieron tan impresionantes que la certeza de no encontrar nada mejor en las costas mexicanas nos acabó de hundir en el sopor.

Un triángulo haragán.

Tulum. Primer vértice. Dormir, comer, ir a la playa en taxi, ver un combate de boxeo, ver series americanas, ducharnos a veces. Ir a ver las ruinas mayas de la playa ni se plantea. Demasiado lejos para un taxi.

Playa del Carmen. Segundo vértice. Llegar y largarse. Infierno turístico donde ni vegetar se puede.

Holbox. Tercer vértice. Bonita isla que de tan isla hasta las calles son de arena. Dormir, comer, ir a la playa, ver series americanas, ver al grupo Niche en la plaza del pueblo, ver películas en el cine del hostal, ducharnos a veces.

Y eso fueron dos semanas, o tres, o qué sé yo. A veces nos mirábamos y uno de los dos preguntaba, ¿no te entran remordimientos de no hacer nada? Se hacía un silencio sepulcral hasta que lo rompían unas histéricas carcajadas que resonaban entre los cocoteros. Qué a gusto nos reíamos, ¡eh! ¡Qué a gusto nos reíamos!

VN:F [1.6.4_902]
Rating: 5.8/10 (6 votes cast)
Comparte:                 
Sin Comentarios »

Diciembre 29, 2011

Coplas de desamor

De paseo por Mérida

Hay veces que llegas a una ciudad e instantáneamente la odias. Una vez odiada, algo inusual debe pasar para desodiarla. No es tan fácil.
Quizás fue porque llegamos vía aérea y los aeropuertos de destino son siempre tan inhóspitos. Quizás fue porque el tipo que conducía el bus a la ciudad nos dijo que nos dejaba en el centro y nos dejó a tomar por culo del centro. Por un puñado de dólares, ¡pendejo! Quizás fue porque nos tocó caminar por aceras estrechísimas repletas de chiringuitos, luchando contra los viandantes y contra unas mochilas que somos demasiado viejos para cargar. Fuera lo que fuera, odiamos Mérida desde el mismo instante en que pusimos allí el pie.

Pero como somos generosos y, sobretodo, no nos gusta viajar rápido, decidimos darle un día para convencernos de que su calorcito también abriga. Entre obras y bicis, recorrimos las calles de la ciudad con los pies de los que ya han andado demasiado. Mirando sin ver o, a lo mejor viendo, pero viendo sin admirar.

Arrastrando las suelas de nuestras zapatillas para tirar, íbamos pasando las horas hasta que al ruido rítmico de nuestras vagas pisadas se fue uniendo la suave melodía de un antiguo bolero. Nuestros pies siguieron aquel sonido como ratas del mismo Hamelin hasta que llegaron a una plaza donde unos cuantos viejos, al son de una orquestilla, bailaban chic to chic, con los ojos cerrados y susurrando al oído contrario aparatosas coplas de desamor.

Sentados en un banco del parque, contemplando la danza de aquellos viejos que un día se amaron y ahora amaban vivir un día más, decidimos que no era justo odiar a Mérida, que no podía estar tan equivocado el México lindo y querido, si muero lejos de ti, que dentro de muchos años, cuando el hartazgo, la rutina y las jovencitas de pechos turgentes nos hayan separado, cuando no quede un centímetro sin arruga en la piel, volveremos a Mérida y bailaremos al calor de Jorge Negrete, chic to chic, coplas de desamor.

VN:F [1.6.4_902]
Rating: 6.2/10 (6 votes cast)
Comparte:                 
2 Comentarios »

Diciembre 27, 2011

Manos arriba

Y al fin, un avión

Llega un momento en que la épica se acaba y las heroicas promesas del pasado mueren por el camino, unas veces por desidia, otras por obligación y la mayoría de veces porque sí. Por supuesto, no iba a ser diferente con nuestro propósito de viajar a ras de suelo. Y es que después de tanto tiempo haciendo lo que te place sin más disciplina que la que te impone la plata, empieza a darte todo un poco igual, si no miren lo que les ha pasado a las actualizaciones de este blog, y acabas por tirarte a lo más fácil o a lo que más te apetece en ese momento. De un plumazo, tras casi dos años de resistir contra tentaciones más que razonables, acabamos con nuestro juramento y nos embarcamos en un avión. Y después de uno otro, y después otro más, y otro, y así hasta siete.
Padeciendo en nuestras carnes los paranoicos controles a los que te someten en los aeropuertos, rememoramos vivamente el porqué en su día lanzamos semejante brindis al sol. Y es que la cosa está peor de lo que recordábamos. De dejar los objetos metálicos en una bandeja de plástico antes de pasar el detector hemos pasado a dejar también los zapatos, el cinturón, el ordenador en otra bandejita dedicada y las botellas en la basura. Si estás en mi situación y te encuentras descalzo, sin cinturón y con unos pantalones que compraste cuando pesabas diez quilos más, comprenderás que de esa guisa la forma de caminar de uno puede no resultar del todo digna. Encima, que el detector de metales ya no es detector de metales, que es una pedazo de pantalla que te hace una foto en la que se aprecia lo más íntimo de tu píloro. Y lo peor es que llegas allí, sujetándote como puedes los pantalones tres tallas más grandes y mirando alrededor para ver ante qué aforo estás haciendo semejante ridículo y el policía fotógrafo va y te ordena, las manos arriba.

Dignidades aparte, también es curioso cómo cambian los cánones de caretos sospechosos de un país a otro. Así como en Estados Unidos campaba a mis anchas por los aeropuertos, en México era considerado un fulano poco de fiar y mi equipaje, mi documentación y yo mismo éramos sometidos, cada vez que había ocasión, a exámenes minuciosos por parte de cualquier autoridad cercana. Nunca me encontraron encima nada comprometedor, cuando hay que esconder algo soy capaz de esconderlo pero que muy bien, pero tampoco es muy agradable que te estén palpando cada quince minutos por muy macizo que esté uno.

Ante este panorama y concluyendo que cualquier tiempo pasado fue mejor, a dios hemos puesto por testigo y hemos jurado que nunca volveremos a coger un avión, por lo menos hasta que cojamos un avión.

VN:F [1.6.4_902]
Rating: 6.9/10 (8 votes cast)
Comparte:                 
2 Comentarios »

Diciembre 23, 2011

Pirámides rellenas

Tehotihuacán

De pie en lo alto de aquella enorme pirámide, con el viento despeinando mi barba y el sol abrasándome la coronilla, reflexiono acerca de la naturaleza humana. Con estas escaleras tan empinadas, si te tropiezas y te caes, la pringas seguro. Me juego un huevo a que más de uno ha fallecido intentando escalar hasta aquí arriba, apuesto que a dos de esos yayos que por allá van subiendo les da un ataque al corazón.

Al pie del monumento los vendedores de souvenirs atesoran el único que he deseado en los casi dos años que llevo caminando por Latinoamérica. Se trata de una trompetilla que emite un sonido curioso, el rugido de un jaguar. Ya me imagino rugiendo en el metro, en la biblioteca, en misa, asustando a viejecitas en la cola del supermercado. Pero Mamá Croqueta no me permite darme el capricho, más que por la plata que cuesta, previendo mis gamberradas en una tierra donde las balas son de fácil disparar.

Desviando la atención de la escalada geriátrica y de las trompetas rugientes, me dedico a contemplar la Pirámide de la Luna, allá a lo lejos. Grande de cojones, aunque no tanto como la del Sol, coronada por mí minutos antes, que es monstruosa.

Allí me admiro de la megalomanía de los gobernantes teotihuacanos, que dedicaron ingentes recursos a prepararse la choza para el otro mundo. ¿Por dónde se entra a las tumbas?, le pregunto a un guía. ¿Qué tumbas? Esto no son tumbas, son templos. ¡Cómo que no son tumbas! ¿Y que hay dentro? Pues más pirámides. Y rocas. Son pirámides macizas.

Pirámides rellenas de más pirámides y dentro de la primera pirámide, la así de pequeñita, ni una tumba, ni una ofrenda, nada. Relleno. Sólo relleno. Me dirijo de nuevo al guía y le pregunto, ¿entonces para qué coño sirven? Hacían sacrificios humanos, me suelta. Y justo al acabar de decirlo se oye un revuelo en las escaleras que remontan el mamotreto. Dos viejas gritan mientras otra rueda pirámide abajo tiñendo los peldaños de rojo. A lo lejos suena el rugido de un jaguar ¡Qué listos los teotihuacanos!

VN:F [1.6.4_902]
Rating: 6.0/10 (4 votes cast)
Comparte:                 
Sin Comentarios »

Better Tag Cloud