Digamos que eso de Bolivia croqueta no se podría afirmar con rotundidad, ya que hemos pasado de puntillas por el país, apenas doce días, quedando éste a medio croquetizar. No descartamos regresar en algún momento para culminar nuestra labor evangélica. Quizás vosotros mismos lo podáis decidir a través de una croquencuesta, quien sabe.
Pero doce días dan para mucho si se tienen los ojos bien abiertos. Y Bolivia da para mucho aunque no se tengan los ojos bien abiertos. Porque lo que te encuentras es distinto de lo que hay en tu país, muy distinto, y por muy zote que seas no tienes más remedio de enterarte de que estás en otro sitio, que la vieja Europa quedó atrás, que Argentina y Chile, aunque muy cerca, están muy lejos, que todo lo que ves es nuevo, por estrenar.
Empezando por los paisajes, grandiosos, solitarios, que te transportan a otra escala haciéndote más pequeñito, más insignificante, que te hacen comprender que no importas demasiado, que las montañas te miran como a una hormiga, los desiertos te miran como a una hormiga, la Tierra te mira como a una hormiga; que no importa demasiado si vives o si mueres, que no hay que tomarse a uno mismo demasiado en serio.
Y luego te encuentras a la gente, que hace ya muchos años que no se toma demasiado en serio, integrada en el entorno, como si siempre hubiera estado allí, con sus rasgos típicos, sus trajes típicos, sus lenguas típicas, su humildad típica, su resignación típica. Gente que no te hace demasiado caso, que va a lo suyo, como las montañas, como los desiertos, como la Tierra.
En medio de ese panorama tan real, con esa naturaleza tan real, con esa humanidad tan real, la realidad no es siempre agradable, ni fácil, ni hermosa, o quizás si que es hermosa, con esa hermosura que tienen la tragedia y el drama. Gente pobre, gente sucia, gente que se las arregla como puede, gente que ya se ha dejado ir, gente con los ojos vacíos, gente real, en un mundo real, tan putamente real.
No es sencillo visitar Bolivia, no sólo por la puta realidad, sino porque la cabrona no te lo pone nada fácil. Allí te espera su altura con sus dolores de cabeza, su malestar general, su frío, su falta de oxígeno, su lo vas a sudar, chico. Aunque al final no es tan malvada, Bolivia, también te ofrece sus remedios, su
muña, sus hojas de coca, en
infusión o
mascadas... el conforte de un país equívoco, que te putea y te alivia.
No sé si todo lo dicho sonará bien o mal, si dan ganas de visitar Bolivia o de correr los más lejos posible, lo que si sé es que a nosotros nos atrapó así, de las vísceras, y que no nos queríamos ir, que lloramos porque nos teníamos que ir, lloramos porque nos dejaba ir. Bueno, después de todo parece claro que volveremos, al menos para que afloje un poco esa mano que nos aprieta el estómago.
Fotos:
Aquí podéis ver la galería de fotos de Bolivia.