Transporte en Colombia
Fíjate que tontería: los coches suelen tener cuatro ruedas; las carreteras, asfalto y pintura o simplemente tierra, en las paradas de autobuses se detienen los coches y en las gasolineras se reposta. Sí, eso es más o menos común en todas partes….pero aún así no deja sorprenderme que el transporte en cada país es un mundo aparte. Tan aparte que en el vuelo de vuelta jugamos a la “Tormenta de Ideas” llenando una hoja entera de detalles que nos sorprendieron en nuestro periplo colombiano:
Vehículos: infinidad de busetas, autobuses rápidos con sus estaciones tipo metro, colectivos, mototaxis, autocares, willys, guaguas y todo lo que se te ocurra… incluso un telecabina último modelo. Poco transporte privado.
Carreteras: las secundarias no…pero las principales, con peajes. Sí, sí, carreteras, de un sentido y asfaltadas pero carreteras.
Conducción: se vale adelantar en cualquier momento, no hacía falta gastarse el dinero pintando una doble línea continua; claro que a más de 80 km/h casi es imposible ir. No estoy seguro si se vale atropellar, pero con frecuencia lo parece.
Decoración: escapularios, imágenes de vírgenes y de las que hace tiempo que dejaron de serlo, anuncios, consejos para el usuario, cuentakilómetros electrónico a vista de pasajeros… que casi nunca funciona.
Paradas de autobuses: las que quieras, infinitas. Se vale parar al autobús en cualquier punto, tanto para bajar como para subir. La verdad es que es un sistema cómodo.
Estaciones de autobuses: llamadas terminales. Normalmente a las afueras de la ciudad, al menos la interurbana. Desde allí, una pléyade de busetas y taxis te llevan a la ciudad.
Confort: poquito en las busetas, que casi no cabes en lo asientos, y el aire acondicionado es ir con la puerta trasera abierta. Mucho en los autocares de largo recorrido, donde sobra espacio para las piernas. Eso sí, mejor llevarse el saco en algunos trayectos, por el aire “glacialmente” acondicionado y tener paciencia si ves los títulos de crédito de alguna película 50 veces…o entras en el día de la marmota con una selección de vallenatos varios.
¿El mejor recuerdo del transporte en Colombia? Sería viajar de Salento a Cocora de pie encima del parachoques del willy..pero ver en la cola del aeropuerto a una fantástica cuarentona y familia llevar un montón de equipaje, pagar el sobrepeso de una maleta de más de 30 kilos… y descubrir que la mitad tenían que haber volado por la mañana, no tuvo precio.
Croqueta invitada: Alberto Merino “Macri”, que más que colaborador parece redactor titular. Gracias croquetilla. Podéis seguir sus pasos en su twitter.
Colombia croqueta
¡Estáis locos! Las FARC controlan el país y es muy frecuente que secuestren a turistas para pedir un rescate. ¡Estáis locos! Los paramilitares controlan las carreteras y es casi imposible moverse a no ser que vayas en avión. ¡Estáis locos! Los delincuentes controlan las calles y es peligrosísimo salir a pasear. ¡Milongas! Todos estos prejuicios nos llegaban desde Europa cuando expresamos nuestra intención de visitar Colombia, prejuicios infundados a los que somos muy dados por aquellas tierras, a los que nos invitan los medios de comunicación, prácticamente todos sensacionalistas, ya; prejuicios basados en la ignorancia y en la sobreprotección enfermiza de nuestra cultura.
Otra opinión más cercana, los viajeros que encontramos por el camino. Colombia ha sido nuestro destino favorito, no os lo podéis perder. Es igual de seguro que cualquier otro país de América Latina, más que muchos. Evidentemente, les hicimos caso. Puede que hace años la cosa estuviera mala. Ahora, al menos para unos viajeros rasos como nosotros, viajar por Colombia es una delicia.
No os voy a hablar de las maravillas naturales que ofrece, ni de las joyas coloniales, ni de la gastronomía, ni de la vida nocturna. No os voy a hablar de todo eso porque, de eso, encuentras, más o menos, en cualquier país, en algunos con más profusión que en otros, en algunos con más espectacularidad que en otros, pero encuentras. Os hablaré de una cosa que no encuentras en cualquier país, sin ir más lejos, os hablaré de una cosa que no encuentras en mi país.
Y es que lo mejor de Colombia es su gente. Esta frase se ha escrito tantas veces y está manida que, en muchos casos, es más un formulismo que una realidad, pero en el caso de Colombia, os juro por Torrebruno que en el caso de Colombia, es una verdad como un castillo. Claro que hay mangantes que te intentan timar a la más mínima, como en todos sitios, claro que hay gente huraña que en vez de hablar gruñe, como en todos sitios, pero el común de la gente, el vulgo, te abre los brazos nada más poner el pie en su país y no te suelta hasta que lo abandonas.
Así te encontrarás a un pescador anticuario que te explica su vida al sentarse a tu lado en el autobús, a un reparador de órganos de iglesia que, al verte solo y leyendo en un banco del parque, se acomoda en el respaldo y empieza a hablarte de política, a una joven que te invita a cenar langosta porque sí, porque yo lo valgo. A un millón de gente que no espera a que los necesites para ayudarte. A un billón de gente que te saluda por la calle armado con una sonrisa en los labios. A un trillón de gente que con la mirada te dice éste es tu país, cógelo, disfrútalo, es para ti.
LO MEJOR DE COLOMBIA ES SU GENTE. Con mayúsculas y en negrita. El resto da igual, palidece, se difumina, no importa. La estrella son los colombianos. Ven a conocerlos, ellos ya te están esperando.
Souvenirs: Cuando un amigo se va
Eran nueve los meses que llevábamos viajando por Sudamérica Papá Croqueta y yo, nueve meses viéndonos las caras día y noche, nueve meses haciéndonos las mismas estúpidas bromas, que aunque nos siguen haciendo mucha gracia porque somos bastante gilipollas, nos sabemos de memoria, nueve meses durante los cuales hemos conocido a gente fantástica con la que hemos pasado noches, días o incluso semanas inolvidables. Pero que vinieran a vernos tan lejos unos amigos de Barcelona, de esos que tienes hace años, de esos con los que no hace falta hablar de quien eres, de a que te dedicas, de porqué estás haciendo este viaje vital en tu vida era un gustazo, un placer, un golpe de aire fresco.
Estaba inquieta, nerviosa, impaciente por verlos, el día del arribo de las croquetillas Laura, Alberto y Dani había llegado. Era sábado por la tarde y los vimos entrar en el hostal con sus caras paliduchas, caras de llevamos once meses trabajando y por fin han llegado las ansiadas vacaciones, y ahí estábamos nosotros esperándolos con nuestras caras de salud como hacía años que no teníamos, con los brazos abiertos y la nevera llena de cervecitas.
Fueron tres intensas semanas de ir y venir, de visitas a pueblos coloniales, de trekkings a ciudades perdidas, de hormigas culonas, de Club Colombia, de baños en playas de arena blanca y agua medio cristalina, de deliciosos jugos de frutas, de Club Colombia, de los timos de Alberto en el bote, de oír vallenato a cualquier hora y en cualquier parte, de las obleas de Arequipe que tanto le gustan a Dani, de Club Colombia, de mazorcas, de restricciones económicas de Papá y Mamá Croqueta, de bizcochitos, de jamón de jabugo, de interminables paliques entre Laura y Mònica… ya saben, tres semanas llenas de anécdotas entre buenos amigos.
Sin darnos cuenta los días se habían esfumado y tal y como llegaron se fueron y las croquetas nos volvimos a quedar solas con nuestras caras de salud que nos vemos día y noche, nuestras estúpidas bromas que ya nos sabemos de memoria y la certeza de que los echaremos de menos.
Croquetillas, ¡gracias por la visita! Nos vemos en Barcelona, a no ser que nos queráis hacer alguna visita antes, por nosotros no os cortéis.
Al final del camino
Sapzurro es uno de los secretos mejor guardados de Colombia. A este hecho contribuye, sin duda, que el llegar hasta allí suponga un auténtico infierno. Si vas desde Medellín tienes que chuparte nueve horas de autobús por una carretera infernal, llena de curvas y de agujeros, de las peores que hemos transitado en nuestro viaje. Eso siempre que tengas suerte, porque varias veces al año el camino está cerrado a causa de los desprendimientos que lo atacan como una plaga. Tras esa tortura llegas a Turbo, un pueblo costero sucio y destartalado donde probablemente tengas que pasar unas cuantas horas hasta que salga la lancha que te saque del agujero. Cuando por fin consigues zarpar, después del caos en el embarcadero donde se mezclan hordas de turistas, locales y ataúdes, después de ser timado por el listo que pesa los equipajes, después de luchar a codo partido por veinte centímetros de banco en el bote, te esperan dos largas horas navegando a toda leche en una barca atestada de gente y de maletas, que maltrata tu culo, tus costillas, tu espalda, a cada bote que da. Sus minúsculos asientos de madera acaban por triturar cuerpo y mente. Finalmente llegas a Capurganá. Allí ya te puedes quedar, aunque si tienes humor te quedan quince minutos más de navegación, esta vez mucho más relajada, hasta Sapzurro.
Cualquier mente mínimamente sensata se preguntará, ¿tan especial es Sapzurro para que todo eso valga la pena? La respuesta no admite ninguna duda. Sí. Por supuesto. De calle. Ni lo dudes.
Lo que ofrece es sencillo y corto de describir. Playas de arena blanca escoltadas por palmeras tumbadas, adormecidas aguas turquesa, cocos a discreción con los que refrescarse, arrecifes en los que zambullirse, pescado fresco que zamparse, poca gente que moleste, sapos, ranas, peces, el Caribe. Lo justo y necesario para descansar hasta que te atormente la amenaza del camino de vuelta. Conforme que sufrir la ida valga la pena, pero, ¿la vuelta? ¿Es humano tener que padecer, de nuevo, ese vía crucis cuando ya has saboreado las mieles de la recompensa? Absolutamente no, así que nosotros le dimos esquinazo, chúpate esa, enrolándonos en un bote rumbo a Panamá que visitaba, de camino, las islas de San Blas, otro paraíso caribeño. Aunque eso ya es otra historia.
Elige el camino largo y tortuoso, croquetilla, que al final te espera la recompensa. Reminiscenias de una educación cristiana, ya ves.










































