Relleno
Medellín es la ciudad natal de Pablo Escobar, un narcotraficante que fue dueño y señor de Colombia, o casi, hasta que lo cosieron a balazos mientras huía por los tejados de la ciudad. Su figura sigue muy presente en la ciudad y, si eres un turista como dios manda, puedes contratar un tour que te pasee por los principales escenarios de su vida. Pero nosotros no estábamos allí por Pablo Escobar.
Dicen los colombianos, o por lo menos varios me lo han dicho a mi, que en Medellín se encuentran las mujeres más bellas de todo el país. Qué quieres que te diga, en Colombia la belleza de las mujeres es moneda común, no sabría decir si allí eran las más bellas o no. Alguno lo achacará a que no me fijé bien, a que como iba con mi mujer no tenía tiempo de admirar el paisaje, pero es justo decir que Mamá Croqueta no se ofende porque admire a otras hembras, incluso compartimos el deleite cuando vemos pasar un buen culo. Pero nosotros no estábamos allí para mirar culos.
La bandejas paisas, una mezcla brutal de carnes de todo tipo con aderezos varios capaz de tumbar al más tripero, es típica de Medellín. No en vano, a los habitantes de la ciudad se les llama paisas como a las bandejas, o a las bandejas como a los habitantes; sí, supongo que es así. Y aunque probamos el supuesto manjar, para mi más que un manjar es un plato para cebarse a toda costa, no recorrimos la ciudad en busca de su elaboración más deliciosa, nos conformamos con una versión barata que nos venía de paso y sólo lo hicimos por el qué dirán. Pero nosotros no estábamos allí para degustar la gastronomía autóctona.
Ya lo sé, todo el rollo anterior es para rellenar, pero es que algo tenía que escribir sobre Medellín, es la costumbre. Y ya es la segunda vez que me pasa en poco tiempo eso de no tener nada que escribir. Si recuerdan, con Manizales pasó algo parecido. Yo no soy muy de echar culpas, pero la culpa la tienen las croquetillas visitantes que compartieron con nosotros la ruta por Colombia, que, aunque nos hicieron pasar muy buenos ratos, nos impusieron un ritmo frenético al que hace meses que no estamos acostumbrados. Ya sólo sabemos viajar lento, ya sólo nos gusta viajar lento. Al final, desfondado, llegas a Medellín, encuentras un hostal recoleto en el que te sientes como en casa, y te tiras cuatro días vegetando dispuesto a reencontrar tu paso. Claro, eso no da mucho que escribir, así que espero no me tengáis en cuenta estás divagaciones de relleno. Prometo que las próximas entradas tendrán un poco más de sustancia, aunque la sustancia tampoco sea mi fuerte.
A contracorriente
Contra la opinión de la mayoría, prefiero un día nublado, si puede ser muy nublado, para visitar el valle de Cocora. De acuerdo, un sol majestuoso da un brillo especial a los colores, al verde de la vegetación, al tierra de la tierra, al que tenga, ¿quién sabe?, el rocío; pero las nubes, la niebla, van mucho más con el carácter del lugar. Esas palmas de cera desperdigadas por el valle, delgadas y larguiruchas como Pau Gasol, un poco raras y como fuera de sitio, allá en el monte, tan lejos de la playa; acentúan su aire fantasmagórico cuando la bruma, lenta y silenciosa, las cubre y descubre a su antojo. Ese ambiente, cagado de misterio, supera, en mi opinión, la resplandecencia de un día soleado. El día de mi visita tuve suerte. Estaba nublado.
Contra la opinión de la mayoría, no me gusta el café de Colombia. Claro que no me gusta el de Colombia ni el de ningún otro lugar, cuando he tomado café ha sido más como acto social que como caricia al paladar. Debo reconocer, sin embargo, que la visita a una finca cafetera es bien interesante, la explicación del proceso de producción, de las diferentes variedades, de las técnicas de elaboración, de cómo Nescafé compra el café de peor calidad para llevarlo a nuestras sobremesas. Muy interesante, sí señor, aunque no te guste el café. El día de mi visita tuve suerte. Además de café tenían limonada.
Contra la opinión de la mayoría, lo que prefiero de Salento no es su plaza, ni su callecita llena de artesanías, ni sus truchas, ni su mirador, ni la amabilidad de sus gentes, aunque todo lo anterior sea, sin duda, digno de ser preferidas; lo que to prefiero de Salento es su pequeño cementerio, situado en uno de los extremos del pueblo, tranquilo, cuidado, con esas tumbas cubiertas de hierba que tanto me gustan, con sus vistas del pueblo, con un no sé qué que hace un verdadero placer dejar las horas pasar mientras disfrutas de la soledad en compañía de los muertos. El día de mi visita tuve suerte. El cementerio estaba desierto de vivos.
Si contra mi opinión, te alineas con la opinión de la mayoría, incluso si tienes una opinión propia, que de opiniones está el mundo lleno, el día de tu visita tendrás suerte. Cocora y Salento son una apuesta segura, a prueba de opiniones.
Los catorce ochomiles
Yo creía que había conocido ciudades montañosas, La Paz, Potosí, el Carmelo, pero de pronto llegó Manizales para cambiarlo todo. Lo que hasta ese momento eran, para mi, urbes infernales donde para caminar había que ser, como mínimo, maratoniano, se convirtieron en hogar de suaves colinas ideales para pasear tranquilamente del brazo que tu abuelita.
Es que esa ciudad no es ciudad, es un compendio de cuestas, qué acertada la palabra cuesta ¿verdad?, un compendio de cuestas a cuál más pronunciada, puestas todas muy juntitas haciendo casi imposible encontrarse con cien metros sin inclinación. Dejas caer una pelota en cualquier punto de la ciudad y ya no la vuelves a ver, se pone a rodar y rodar, para abajo, muy abajo, cada vez más abajo, tan abajo que yo creo que va a parar al infierno. Al llegar, a la ciudad, no al infierno, lo primero que se te viene a la cabeza es el manido chiste, a mi siempre se me ocurren chistes manidos, ya ves; de “aquí tendrían que poner unos telesillas”, claro que en ese entorno el chiste deja de ser chiste, ya hace años que un funicular funciona como transporte público en ciudad.
Pero me he liado porque lo que yo quería explicar es que no había nada que explicar, que a Manizales fuimos a descansar, a no hacer nada, a mirar las musarañas, pero joder, es que con esas cientos de montañas en medio de la ciudad, todas urbanizadas hasta las cejas, definitivamente es un mal sitio para colocar un núcleo urbano, es fácil despistarse e irse por las cuestas de Úbeda.
Va, me centro. Que fuimos a vegetar, que las croquetillas visitantes impusieron un ritmo urbanita al que hace mucho tiempo que no estamos acostumbrados y acabaron con nuestras energías en el minuto cero. Y, a pesar de todo, lo encontramos un lugar ideal para la contemplación. No en vano a Manizales la llaman la ciudad de las puertas abiertas, y mira que hay que tener moral para abrirle las puertas a desconocidos después de estar arriba y abajo, arriba y abajo, todo el santo día. Quien tuvo oportunidad nos brindó su ayuda y su hospitalidad sin que nosotros dijéramos ni pío. En el hostal nos querían llevar de la manito a todos lados, en la calle todo eran sonrisas y saludos, una gozada. Y todo desde el primer instante, apenas recién descendidos del bus que nos llevó allí. En vez de colocarnos un corona de flores como hacen en Hawaii, ¿en serio hacen eso en Hawaii?, se nos acercó una chica y con una sonrisa de oreja a oreja nos entrego un papel mientras decía si necesitan algo llámenme, dentro les he dejado un regalito. Efectivamente en el papel enrrollado había apuntado un número de teléfono y, dentro, encontramos una bolsita con un cogollito de marihuana.
Dejando a parte lo de la marihuana, hace años que no fumo marihuana y aquella no nos la fumamos, nos dio cosa, allí en Colombia, así de pusilánimes somos, qué vamos a hacerle; dejando aparte lo de la marihuana, me acabo de dar cuenta de que añoro la marihuana, aunque yo he fumado muy poco, ni mucho menos he sido un habitual, pero ahora me ha entrado añoranza y creo que cuando vuelva a Barcelona, si vuelvo, me voy a agenciar unas semillas para hacer una plantación; dejando aparte lo de la marihuana, ¿es o no es hospitalaria la gente de Manizales?
Nevado del Ruiz
Tras meses de viaje y a base de caminatas por todos los Andes habidos y por haber, Mamá y Papá croquetas ya tienen el grado de croquesherpas. Caminar en altura es apenas un juego para ellos, y no les produce el cosquilleo de la novedad, de nuevos retos, de llegar a donde antes no habían llegado. Con esas premisas, les dejamos el día libre para que descansaran un poco, estresados después de más de dos semanas de “frenesí” turístico, mientras nosotros hacíamos el croquebautismo de altura.
En el Parque Nacional Natural Los Nevados se encuentra el volcán Nevado del Ruiz (5300 m.s.n.m.), tristemente famoso por las más de 20000 personas fallecidas en su última erupción. Le llaman “El León Durmiente”, y así había estado durante 140 años hasta que en 1985 decidió despertarse, fundir la nieve que tenía a mano, enviar una riada de fango desde los 5000 metros de unos de sus conos y copar los informativos de todo el mundo. Aunque para algunos eso sucedió hace mucho, es poco tiempo para las siestas que suele echarse Kumanday, como se le conocía en tiempos precolombinos. Así que decidimos que un paseo por sus barbas sólo tenía el riesgo del soroche: dolor de cabeza, mareos y vómitos.
Una carretera sale de Manizales a poco más de 2000 metros, y poco a poco se acerca a las nubes. Aunque ese paseo te puede llevar hasta Bogotá, nosotros nos desviamos un poco antes para acercarnos a la entrada del parque, a unos 4000 metros. Allí se nos une una guía que aprovecha las paradas de aclimatación para soltarnos datos y diatriabas medioambientales que harían las delicias de cualquier ecoradical. Por fin llegamos al refugio, a 4800 metros, sin haber caminado mas que para salir del coche y volver a entrar. Hasta ese momento hemos pasado por diversidad de ecosistemas: bosque, selva altoandina, páramo, puestos ambulantes de venta de souvenirs, paisaje lunar… Ahora hay que mover las piernas.
Sólo es una hora de subida, pero empinada y a 5000 metros no sabemos cómo carburará el cuerpo. A poco para llegar a 4900 una croquetilla ha de darse la vuelta víctima de las nauseas. Apenas empezar lo había hecho un padre con su niña de 6 años; vestida con una camisita de Hello Kitty y aguantando la tiritera es lo mejor que le podría pasar. Casi sin darnos cuenta llegamos a la nieve. 5125 metros, cartel y foto para demostrarlo. Menos cansado de lo que imaginaba y sin dolor de cabeza puedo disfrutar de las vistas: vastas, solitarias, grises, melancólicas y un punto sobrecogedoras recordando que en este punto se juntaron los infiernos de Fuego y Hielo.
Croqueta invitada (por segunda vez): Alberto Merino “Macri”. Podéis seguir sus pasos en su twitter. Amenaza con más.









































