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Marzo 9, 2010

Terremoto II: La ola

Con la mirada perdida, la fuga hacia el cerro desfilaba por la ventanilla. En el coche sólo se oían los rezos de Gustavo y Mari. Rezaban por ellos, por nosotros, por todos. Esa susurrada salmodia que quebraba el silencio y rogaba por sobrevivir, lejos de tranquilizar inquietaba aún más. Acentuaba la sensación de que en la huida de la ola nos estábamos jugando la piel. Una ola que ni siquiera sabíamos si iba a llegar. Nadie quería estar allí para comprobarlo.

En el camino de tierra, de un solo carril, la fila de coches avanzaba despacio y en silencio, como sus ocupantes, como la gente que, sin locomoción, caminaba apresurada hacia el abrigo del monte. La sensación de calma, de orden, contrastaba con la necesidad imperiosa de llegar rápido a la cima, sin embargo no se escuchaba ni una mala bocina, ni un solo grito, todo el mundo mantenía la serenidad con un sosiego que parecía irreal. Quizás la educación sísmica que reciben desde pequeños fuera la causa, o quizás fuera porque estaban demasiado alterados para alterarse más. Fuera lo que fuere, la lenta procesión consiguió que la subida al cerro no añadiera más desgracias a las que ya teníamos encima.

Cuando llegamos, la cima estaba llena de coches aparcados de cualquier manera y de gente que llevaba encima lo poco que había podido pillar para abrigarse. Hablaban entre ellos y se contaban que había sido el temblor más fuerte que recordaban, mucho más que el del 85, se preguntaban si tenían noticias de éste o aquel, se llamaban a gritos en la oscuridad, intentando localizarse y abrazarse. Todo el mundo trasteaba sus móviles intentando contactar con la familia pero las líneas casi no funcionaban hasta que dejaron de hacerlo del todo. Nosotros conseguimos enviar un mensaje de texto a nuestros padres diciendo que estábamos bien. Después de eso, el silencio. No sabíamos si había llegado, si los habría tranquilizado o asustado, o si simplemente seguían a oscuras preguntándose si estábamos a salvo o ya no estábamos. De todas formas nuestra angustia desaparecía al mirar alrededor. Al fin y al cabo nosotros sufríamos por si los nuestros sufrían, el resto sufría por si los suyos vivían.

Cuando se apagaron los móviles y las conversaciones empezaron a encenderse las primeras fogatas. Pronto la montaña se lleno de hogueras que más que luz daban calor ya que de la claridad se encargaba la luna, una luna espléndida cortejada por miles de estrellas, un panorama extraordinario que la naturaleza nos brindaba como si con eso pudiera hacerse perdonar, la muy hipócrita.

Pronto empezaron a sonar las radios de los coches. Sólo se sintonizaba “Entre olas”, la radio local de Pichilemu, que funcionaba gracias a un generador eléctrico propio, ya que el pueblo estaba completamente a oscuras. No tenían ninguna comunicación con el exterior, así que sólo podían limitarse a pedir calma a la población, a recordar que se dirigiesen a las zonas seguras y a intentar poner en contacto a los que aún estaban perdidos. De qué había pasado, qué magnitud había tenido, si había victimas, si venía la ola, nada de nada. Hasta que llegó la ola. Informaron que había destrozado toda la zona costera llevándose todo lo que encontró a su paso. Debíamos permanecer en las montañas hasta que se hiciera completamente de día. Como si eso fuera fácil para una gente que podía haberlo perdido todo, todo menos la vida.

Hasta el amanecer, pues, una eterna espera plagada de frío, réplicas, inquietud, réplicas, incertidumbre, réplicas, miedo, réplicas. Maxi, el nieto de Gustavo y Mari, se retorcía inquieto con cada nuevo temblor, con una cara de miedo que daba ganas de llorar. Nosotros intentábamos colaborar distrayéndolo como podíamos, seguramente más asustados que él. Una vez despuntado el alba, una furgoneta de los carabineros informó por megafonía que se podía bajar a la costa a recoger comida, medicamentos, ropa, cosas que fueran totalmente imprescindibles, siempre que no se permaneciera allí mucho tiempo y se fuera con cuidado. Nosotros necesitábamos más ropa de abrigo y la documentación. Mari quería saber cómo estaba la casa y conseguir algo de comida y agua. Gustavo y yo decidimos bajar.

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Marzo 8, 2010

Terremoto I: El temblor

Aferrados a los marcos de las puertas sin entender muy bien qué pasaba, sin saber muy bien si eso era lo que había que hacer, intentábamos mantener el equilibrio mientras el suelo se movía a su antojo. Yo me encontraba anestesiado, como si todo aquello no fuera conmigo, como si sucediera en un mundo paralelo, diferente. Contemplaba la escena con los sentidos ausentes y la mente en blanco, espectador atónito de algo que no se sabe muy bien si es real. Mònica, en cambio, estaba aterrada. Lo vivía con toda la intensidad y el pánico del jugarse la piel, sintiendo la impotencia del que sabe que nada puede hacer y que todo le puede pasar. Convencida de que todo le iba a pasar.

Todo había empezado instantes antes, en medio de la noche. La casa empezó a temblar suavemente y de repente todo se agitaba a un ritmo frenético. El temblor te empujaba contra las paredes, contra los muebles, te tiraba al suelo mientras intentabas llegar al marco de una puerta sin estar seguro de que hacer aquello fuera lo correcto. Al menos era lo que teníamos más a mano. Lo único que teníamos a mano. Cuando terminó, un silencio devastado invadió la casa, un silencio únicamente roto por el sonido del corazón en las sienes que se encargaba de desmentir la impresión de que aquello había sido una broma macabra. El seísmo duró dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

Sabíamos que Chile era tierra de terremotos, así que nos asomamos a la calle con la incertidumbre de saber si el temblor había sido cosa normal o si se trataba, como nos había parecido, de algo bastante más grave. Las calles de Pichilemu estaban casi desiertas. Sólo algunas personas deambulaban por ellas con rostro alucinado. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas. Gritaban los nombres de los suyos intentando cerciorarse de que estaban todos bien. Los imitamos y cogiendo algo de ropa de abrigo salimos a averiguar qué era lo que venía después.

En nuestros apartamentos había ya mucho movimiento. La gente bajaba las escaleras cargada de maletas, con los niños en brazos, en un silencio apresurado que hablaba del terror, de cuando el terror ya no te deja ni gritar. En medio del caos Gustavo intentaba poner un poco de orden. Suban a los autos y diríjanse al cerro, gritaba una y otra vez, acompañando a sus huéspedes hasta la puerta de sus coches. Estaba desalojando las cabañas, manteniendo la calma cuando casi todos los demás la habíamos perdido. Nosotros estábamos petrificados en medio del follón, sin auto al que dirigirnos, cuando nos cruzamos con su mirada. Ustedes se vienen conmigo, dijo.

Sentados en el asiento trasero del vehículo esperábamos a Gustavo en compañía su mujer y su nieto, tan aterrados como nosotros. Ya todos los huéspedes habían salido hacia el cerro y Gustavo había ido a coger su móvil y a cerrar el negocio en previsión de posibles saqueos. Tardo un minuto, había dicho, y ya iba uno y medio. Mientras tanto, desde el coche, todos mirábamos al mar, al mar que estaba sospechosamente calmado, al mar cuyo movimiento resultaba extraño, como si el oleaje luchara contra una corriente adversa que lo empujaba de nuevo al océano, lejos de la playa; al mar que ya preparaba la gran ola que había hecho huir a la gente en dirección a las montañas. Gustavo regresó a los dos minutos, dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

Nota: No tenemos fotos de los daños del terremoto. No nos pareció oportuno hacer el turista en medio del sufrimiento de la gente.

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Marzo 5, 2010

Vine a la plaça, reina

Cambicio pasea por el mercado de Chillán, pocos días antes del terremoto.

Vine a la plaça, reina from mundocroqueta on Vimeo.

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Marzo 5, 2010

Yagan House (Puerto Natales)

Algo tiene este hostal que al poner un pié dentro ya te sientes como en casa. ¿Será el acogedor e impecable comedor con sus dos mesas de madera, su sofá y su cocina office? ¿Serán las habitaciones calentitas con sus perfectos colchones y sus agradables nórdicos? Oye, que encontrar buenos colchones no es una tarea fácil. ¿Será el asado al que los dueños nos invitaron la primera noche que llegamos? Vaaaaaaaaaale, quizás Puerto Natales no es el mejor sitio para montar un asado al aire libre por la noche ya que es como montarlo en el Pirineu una noche de otoño pero oye estaba delicioso. ¿Serán los dueños que son un encanto? ¿Será el desayuno? Que gran desayuno, ponen de todo un poco y cada día es diferente del anterior, es muy abundante y lo mejor, todo esto lo acompañan con unos batidos de frutas exquisitos y recién hechos.

En fin, son un montón de cosas las que te hacen sentir como en casa. ¿Qué más se puede pedir?

Web: http://www.yaganhouse.cl
Precio: 9000 Pesos/Persona (12,5€ aprox.) en habitación compartida.
WiFi: Gratis.
Tarjetas de crédito: No aceptan.

Valoración: 8/10

Yagan House en Puerto Natales

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Marzo 4, 2010

Una de romanos

Termas Pucón

Cuando estás tanto tiempo de viaje hay algunas costumbres que se relajan, como el ducharse cada día, lavarse los dientes cada día, cambiarse la ropa interior cada día; que la higiene se resiente, vamos. Por eso cuando llegas a un lugar como Pucón, famoso por sus múltiples termas naturales, el resto de atractivos se diluyen y tu mente, tu corazón, tu gónadas, sólo tienen ojos para una cosa: termas, termas, termas.

Perdida la higiene, también hemos perdido la vergüenza, por lo que escogimos las termas más baratas para hacer un rato el romano. Quedaron lejos, pues, los tiempos en que escogíamos lo segundo más barato por el qué dirán. Y resultó que las más baratas eran las más baratas porque no tenían ni vestuarios, ni duchas, ni nada, solo unas destartaladas casetas que hacían las veces de todo eso. El resto era de lujo, el emplazamiento, precioso, las pozas, perfectamente integradas con el entorno, poca gente, muy poca. Los Pozones resultaron ser una elección acertada, a pesar de ser la más barata, como muchas veces lo es la más barata.

La profusión de termas en la zona es debida a la gran actividad geotérmica de la región. Tal es ésta que Pucón está presidido, otro pueblo, lago, volcán; por el Villarrica, uno aún activo que suelta un humillo de azufre que echa patrás. Todo ésto lo sabíamos de oídas, porque como buen volcán el tío se ocultaba entre las nubes, pero parece que al relajo de nuestro cuerpo y mente después de las termas le acompañó el relajo de la timidez del Villarica que se dejó ver, al atardecer, durante cinco minutillos que sirvieron para reafirmarnos en varias cosas, que el volcán es precioso, que suelta humillo y que un volcán que suelta humillo lo va a escalar su puta madre.

Termas y volcanes aparte, el emplazamiento donde está situado Pucón es de traca, con unos paisajes de película mires donde mires. Lástima que el pueblo es artificial. Todo en él está destinado al turista, hasta el punto que no parece que viva gente allí, como si fuera un campo base para visitar los alrededores y nada más. Nos ayudó a descubrir que sí, que allí vive gente, el perdernos de vuelta al hostal y pasearnos por las afueras del pueblo durante una hora como pardillos. No hay mal que por bien no venga.

Bien limpitos y relajados después de las termas sanadoras, continuamos nuestro camino hacia el norte, dejando Pucón a nuestras espaldas, con la certeza de volver a saber de él cualquier día en las noticias, cuando pete el volcán, que petará, y se lo lleve todo por delante. Será una lástima.

Nota: Esta entrada fue escrita antes del terremoto, que también se dejó notar en Pucón. Actualmente el volcán Villarrica está siendo monitorizado en previsión de una posible erupción provocada por el sismo.

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